Pesadilla
- Carlo Clavellina

- 9 dic 2023
- 4 min de lectura
La profunda y densa noche ya abrazaba las calles de mi vecindario, donde las personas se resguardaban dentro de sus hogares para no sufrir las inclemencias de la gélida neblina nocturna que suele invadir el corazón de esta ciudad. Mientras tanto, encerrado dentro de mi estudio con la tenue luz de una lámpara en mi escritorio, ocupaba mi tiempo componiendo versos para Sofía, mi amada cuyo cariño perdí para siempre, por culpa de la enfermedad.
Cuando el reloj marcaba exactamente la tercera hora del nuevo día, mi corazón dictaba hermosas estrofas que, sin embargo, ya no podía escribir debido al cansancio de mi mente y mis ojos. Tomé entonces la decisión de ir a dormir y terminar mi labor autoimpuesta al amanecer; apagué entonces la lámpara para dejar en oscuridad absoluta mi hogar y con un paso lento pero constante, comencé a bajar los escalones desde mi estudio hasta la sala de estar, esto con el fin de verificar que todas las cerraduras estuvieran perfectamente cerradas.
Fue entonces que entre las tinieblas divisé una sombra de forma humana justo al final de la escalinata. Al principio creí que se trataba de una simple ilusión óptica, pero al continuar bajando, noté que la imagen de aquella presencia se volvía más nítida, cosa que comprobaba su existencia. Atemorizado, subí de nuevo los escalones con un paso presuroso para escapar de la vista de aquel ente.
—¡Largo de aquí, si no quiere que llame a la policía! —Grité sin hallar respuesta.
Volví a pronunciar mis amenazas, pero aquella sombra se mantenía lacónica tras el último escalón, mirando fijamente hacia mi persona. No decía nada, no obstante, ese silencio me resultaba estruendoso; aquella serenidad mostrada por mi visitante comenzó a resonar en mi interior, convirtiéndose en un desespero y culpa que tomaron control de mí. No podía pensar claramente y sentía como si las paredes a mi alrededor poco a poco se volvieran angostas, encerrándome en un cuadrado cada vez más pequeño, acompañado de aquella misteriosa y escalofriante presencia.
—¡Está bien! ¡Si quieres llévate todo lo que tengo! —Grité entre lágrimas—. Ya he perdido todo lo que amaba cuando Sofía se fue de mi lado…
Al terminar de decir esas palabras, un débil rayo de luz lunar entró por la ventanilla de la escalera, iluminando los dos peldaños delante de aquella sombra. Le insistí que dijera su nombre, pero entonces, aquel ente dio un paso al primer escalón, iluminando por fin su rostro con la tenue luz.
Me quedé ofuscado al poder por fin observar su cara, sentí incluso que había caído en el nivel más profundo de la locura. Me frotaba los ojos una y otra vez, pero ella continuaba frente a mí. Caí en cuenta de que no se trataba de una alucinación, en verdad aquella misteriosa sombra situada en el último escalón de mi casa, justo frente a mí, no era nadie más que mi amada Sofía, vestida con un largo vestido negro.
—¿Por qué me mataste? ¿Por qué, mi amor? —Decía mi adorada con voz fantasmagórica.
Continuó preguntando lo mismo, aumentando el tono de sus exclamaciones poco a poco, mientras que cada vez que pronunciaba una palabra, la carne de su rostro parecía consumirse y caer al suelo, enflacando con cada sílaba que pronunciaba, llegando a una apariencia casi esquelética, muy cercana a la que dejó cuando partió de este mundo en esa trágica tarde veraniega, cuando inició el fin de mi vida y me hundí en una alcohólica depresión.
—¡Yo no lo sabía! ¡Te juro que desconocía la terrible enfermedad que portaba! —Grité desesperado mientras cubría mis ojos con mis frívolas palmas—. Yo solamente quería concebir el hijo que tanto pedías, ¿cómo iba a saber que con aquello te condenaría?
—¡Pues ahora lo vas a pagar! ¡Tú y tu lascivia! —Me respondió fúrico el espíritu.
Entonces las ultimas partes de carne sobre el semblante de Sofía iban cayendo al piso, dejando ver ante mis horrorizados ojos, el blanco cráneo de aquel ser que suplía a mi amada. De por debajo de su falda, sacó un lazo y lo blandió a modo de látigo con su huesuda mano que crujía al agitarse. Lanzó aquella cuerda sobre mi cuello, rodeándolo con habilidad sobrehumana y rápidamente lo apretó, impidiendo el flujo de sangre desde mi pecho hacia mi cabeza.
Parecía que la presencia disfrutaba de mi sufrimiento, pues con cada súplica que yo le hacía cuando ajustaba aún más el látigo, ella soltaba una horrísona carcajada. La asfixia comenzó a hacer mella en mi conciencia, apagando poco a poco mi visión, elevando mi alma del mundo terrenal segundo a segundo, terminando con el dolor, apretón tras apretón.
—¡Estoy vivo! —Grité luego de despertar y observar, aún medio dormido, todo mi alrededor—. ¡Ay, Dios! ¡solamente fue una pesadilla!
Viendo el absurdo de mi espanto, una pequeña risa escapó por entre mis labios y, cuando por fin recobré la memoria y concia, dije en voz alta:
—¡Pues claro que fue una pesadilla! Tan sólo un indeseable sueño que ha interrumpido mi descanso perpetuo… ¿Cómo han de matar, lo que ya ha muerto?
Y así volví a recostarme en el colchón de aquella caja, frente a la mirada atónita de mis familiares, amigos, peritaje y todos los asistentes al cortejo fúnebre. Volví a cerrar la tapa del ataúd, no sin antes agradecer el que hayan retirado aquel lazo de mi cuello, ese único recuerdo que tenía, del día en que partió de este mundo mi amada Sofía.



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