NOCHE MEXICANA
- Carlo Clavellina

- 15 sept 2024
- 2 min de lectura
Me levanté de la cama con el sabor amargo del licor podrido en mi boca y un tufo terrible a cigarro entre mis pieles. En el suelo, un montón de latas, colillas y banderas crean un pintoresco mural. Y entre mis manos, quedan las marcas de lo ocurrido: una brillante noche mexicana.
Doscientos catorce años de patria, o al menos de la idea de una. A cuestas, los vicios, los errores, las corrupciones, las intervenciones, un porfiriato, un “primandato”, dos imperios, mil traiciones y un chingo de sangre y balas bajo nuestros pies. ¿Y el mexicano? Desnudo.
No trae zarape, ahora usa jerseys; ya no es huarachudo, ya tiene Jordans, pero en el fondo, de tortilla y chile se la vive. ¿Libertades? Pregúntale a la muchacha que sus padres cambiaron por dos burros en Oaxaca, a penas a los trece años. Que te cuente el aguacatero porqué ya no siembra, de quién es su tierra ahora. O al tendero, que su puesto quebró luego de pagar el piso. Ve al llano y descósele la boca a cientos de periodistas, y ya que estás ahí, puedes buscar a Miguel, Julieta, Guadalupe, Marcos y todos los que ya no están.
Nuestros recursos ya no son nuestros, ni siquiera el agua que bebemos, esa ya tiene marca y botella. El oro se va con el hombre blanco, solamente que ahora habla inglés. Y la tierra, arrancada para siempre de sus dueños.
Y entre tanto bullicio, festejo y júbilo, arrinconada en la banqueta, una mujer con el color de mi tierra en su piel ofrece sus trajecitos típicos cosidos a la antigua que no logró vender hasta ayer, compitiendo contra las banderitas chinas que venden por la central.



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