Los caníbales de la Colonia Cuesco
- Carlo Clavellina

- 25 abr 2024
- 5 min de lectura
Han pasado pocos años desde que un joven llamado Efraín, arribó a Pachuca proveniente de San Luis por motivos de trabajo. Sin dinero, familiares o conocidos, al llegar, solamente pudo conseguir un pequeño alojamiento para dormir, en la colonia Cuesco.
El sitio le era agradable, con una tranquilidad en sus calles que jamás había conocido; se sorprendía de la parsimonia con la que los lugareños vivían su día a día, como si ninguna pena les pesara dentro de sí. Para mayor gozo suyo, en la casa de junto vivía una muchacha de tez blanca, cabellos rojos y lacios, hermosa sonrisa, nariz finamente tallada en su rostro y sus ojos pequeños pero profundos, haciendo su belleza incomparable.
Sólo una mirada de aquellos ojos fue suficiente para que Efraín quedara completamente enamorado de ella. Todas las noches, él salía a la puerta de su casa para observarla pasar en su paseo cotidiano con su fiel mascota, un bello can pastor inglés. Tras un tiempo de admirarla en silencio, Efraín llenó de valentía su corazón y se propuso hablarle.
Una noche, el joven se vistió con sus mejores prendas, se perfumó el cuerpo y esperó pacientemente a que ella apareciera por la puerta de junto para que, por fin, pudiera dirigirle la palabra. Sin embargo, en aquella ocasión la muchacha salió a la calle en compañía de su padre, un hombre de avanzada edad con intrigantes cicatrices en el rostro, brazos fornidos y morenos, además de una mirada cansada e intimidante, la cual, dirigió inmediatamente al pobre enamorado, como adivinando sus intenciones.
A partir de esa ocasión, la serenidad en la vida de Efraín se esfumó, pues aquel hombre ya no le quitaba la mirada de encima. Por las mañanas, Efraín notó que, al salir a trabajar, el sujeto estaba parado tras la ventana de su casa, observándolo fijamente; cuando regresaba, le esperaba sentado frente a su puerta; y por la noche, cuando salía a cenar, su vigilante seguía ahí, observándolo.
Entonces llegó, trágicamente, la última noche de estancia que Efraín tendría en Pachuca. En todo el día, Efraín notó que su observador no se había aparecido en su camino, ni tampoco había visto a la muchacha en su paseo habitual. No había ruidos en la otra casa, tampoco luces o señales de vida. Tan sólo había lluvia, una torrencial y tenebrosa lluvia.
Cuando el muchacho empacaba sus cosas para abandonar aquella casa, escuchó que alguien tocaba a su puerta. Aquellas percusiones comenzaron tenues, con ritmo pausado pero constante. Efraín quiso atender el llamado, pero el rugir de un trueno cubrió toda la casa e, inmediatamente después, un golpe seco se escuchó en su patio trasero, donde una sola barda dividía su casa de la de ella. Entonces los golpes en su puerta, comenzaron a ser más intensos.
—¡¿Quién es?! —Gritó con temor Efraín, pero no obtuvo respuesta.
Decidió correr hacia el patio trasero para descartar que tuviera allí a un indeseado visitante. Con su corazón palpitando con fiereza, Efraín se disponía a girar el picaporte de la entrada trasera, cuando un rayo cayó adyacente a la casa e iluminó momentáneamente la noche, revelando a su vista, un par de pies delgados tras el umbral de la puerta.
Aterrado, Efraín cayó al suelo por la impresión, justo al tiempo en que se escuchó un crujir proveniente de la entrada principal. Las cerraduras habían cedido. Él se levantó del suelo, tomó un cuchillo de la alacena y se dirigió hacia la otra puerta. Frente a él, se encontró ante un sujeto enorme, con sus brazos fornidos y morenos, su rostro oculto tras una máscara de chivo blanco, sosteniendo en su mano derecha un machete ensangrentado y empapado por la lluvia.
Ante aquella impresión, Efraín retrocedió y corrió hacia la entrada trasera. Sin embargo, para sorpresa de él, la puerta había sido forzada también y se encontró cara a cara con aquella preciosa muchacha que en sus manos sostenía un viejo revólver apuntándole directamente. El pánico se apoderó de Efraín, pero fue mayor su sorpresa al ver que, aquella su secreta enamorada, jalaba el gatillo para herir en la pierna al hombre enmascarado.
Titubeando un poco, Efraín salió disparado de su casa, ante los ojos lagrimados de ella. Al salir a la calle, notó que la casa de junto se encontraba abierta, y guiado tal vez por una mortal curiosidad, corrió hacia ella para investigar.
Era una casa muy fina, tenía buenos acabados en color blanco, una mesa de cristal, muebles muy bien cuidados y una cocina limpia. Efraín salió hacia el patio que daba al muro de su casa, y recorriéndolo notó que, oculta bajo un pedazo de pasto sintético, había una pequeñita puerta.
Efraín comenzó a golpear la puerta en el suelo y ésta se rompió, revelando un túnel largo y
obscuro con una escalera de madera corroída en la que, guiado por la curiosidad, el chico comenzó a bajar lentamente, mientras las gotas de lluvia caían en su cabeza.
Cuando finalmente llegó al fondo, encontró un pequeño pasillo alumbrado con algunas velas en el suelo. Efraín siguió el camino y notó un pequeño rastro de sangre en el piso con un olor fétido que inundaba el ambiente y provenía de una vieja puerta en el final del camino. Efraín comenzó a abrirla y encontró el peor escenario que jamás había visto en su vida.
Frente a él, encontró un cuerpo en putrefacción, encadenado a la pared. Su cabeza había sido destrozada, sus sesos retirados, la mitad de su rostro tenía quemaduras y a la otra mitad había sido desollada. Su cráneo estaba a la vista y empapado en sangre, su abdomen fue abierto, y le sobresalía el intestino grueso, mientras que el delgado había sido retirado, le faltaba un brazo y de sus piernas solo quedaban los huesos.
En una mesita colocada a un costado, había envases y recipientes con órganos: corazón, hígado, páncreas y vejiga. Además, una cazuela que contenía un caldo de dedos perfectamente cocinados.
Tanta fue la sorpresa y trauma de Efraín, que no notó cuando el hombre con máscara de
chivo entró a sus espaldas con el machete y lo atacó. Un terrible grito de un hombre
escuchó en toda la colonia y despertó a los vecinos. La policía llegó media hora después, pero la casa ya se encontraba vacía.
No se hallaron rastros de Sofía ni de su padre, solamente un cadáver en el cuarto secreto
y una máscara de chivo en el sillón de la sala. Nadie sabe qué fue de Efraín, aunque las teorías son muchas; tampoco se tiene el paradero de los caníbales de Cuesco, aunque se rumorea que emigraron a otro lugar; aunque, en opinión de este narrador, también cabe la posibilidad (no tan mínima) que ahora se encuentren en otra casa, tal vez junto a ti, observándote fijamente en silencio, planeando quizás, un próximo banquete.
FIN.



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