Libertad sabor a ocaso
- Luan Castillo Alcalá

- 10 ene 2024
- 4 min de lectura
Lo primero que sentí fue el viento en mi cara y libertad.
Me encontraba en la ventana del octavo piso, la clase estaba por terminar y me quedé viendo la puesta del sol; nunca me gustó el turno vespertino, pero tenía sus ventajas. Cada martes esperaba con ansias la clase de química para poder ver desde lo alto del edificio el atardecer que anunciaban las 5 de la tarde. Esperaba con paciencia a que el salón quedara vacío para disfrutar lo que estaba frente a mis ojos. Durante todo el semestre recolecté más fotos del cielo ocaso que apuntes sobre moléculas orgánicas. No era mi culpa que el declive del día tuviera más que decir que los grupos funcionales. De la prepa conservo recuerdos dulces del cielo fucsia que aquellos amargos con sabor a noche.
El sol poniente me trae recuerdos del inicio de mi adolescencia, de la primera vez que conocí a mis amistades de bachillerato. La primera vez que me escapé de clases o cuando experimenté el sentimiento de culpa y remordimiento de haber olvidado por primera vez una tarea. Los atardeceres han presenciado mis comienzos y yo de ellos sus finales.
Las primeras veces están llenas de incertidumbre, a veces son incómodas, pero al final te invade un sentimiento de asombro, emoción y algunos tintes de adrenalina. Casi siempre los comienzos me han parecido difíciles porque implica mucha conexión con la realidad y yo viajo en las utopías de la procrastinación.
Siempre soñé con alcanzar las nubes, volar y jugar con ellas, hacer mil formas. Hacer llover, ser arcoíris. Mil ideas corrían por mi mente, pero jamás logré alcanzar el cielo, sin embargo, cada vez que me daba cuenta de mi divagación, el sol ya se había puesto. Una danza de colores iluminaba el cielo, anunciando el fin del día y de mis sueños por alcanzarlo. Pero eso nunca me detuvo a parar mi mente con gran imaginación y llena de recuerdos.
Después, caí en cuenta que mis mejores memorias se desarrollaban con una luz dorada de fondo. Como la primera vez que me emborraché con mis amigues en la casa de renta de una amiga, los colores se ven distorsionados, pero el sentimiento de adrenalina y emoción nunca faltaron; o cuando conocí por vez primera el mar, sentía que los rayos agonizantes del sol viajaban a través del oleaje y alcanzaban mis tobillos; la libertad con sabor a sal.
He experimentado diferentes sabores y texturas de la libertad. El más fuerte me sabe a encierro y soledad, se siente áspero. Recuerdo que antes de entrar a clase, mi mejor amiga leía una noticia sobre un virus, ingenuamente vacilé y le dije “no llegará a México”; semanas más tarde me ahogué en mis palabras y quedamos confinadas.
Fuimos a ver por primera vez a la familia relegada por la mayoría de las hermanas de papá, sentía incomodidad de que fueran esos adultos que agarran las mejillas de las infancias y comentaran a cerca de “lo mucho que había crecido”, pero no fue así, lo disfruté bastante. Ahí, la libertad todavía sabía a notas de adrenalina y emoción, pero fue la última vez que lo sentí. Recuerdo que camino a casa, mi hermano leía en voz alta una noticia: “se declara emergencia sanitaria, toda la población debe someterse a cuarentena hasta que se indique lo contrario”. Fue entonces cuando noté que el sabor viró a amargura y notas de confusión.
Las primeras semanas no fueron difíciles, las disfruté mucho, era la primera vez que veía a mi familia junta, sin prisa de estar corriendo para llegar al trabajo o a la escuela, éramos mañana, tarde, ocaso y noche. Conforme las semanas se convertían en meses y los meses se acercaban a años, la libertad expectante trataba de huir asfixiándome sin darse cuenta. Para este punto, la libertad ya no me sabía a nada.
El confinamiento, la rutina, las dinámicas sociales a distancia, lo artificial, el jabón, la caída de la bolsa de valores, la crisis mundial y la pandemia no tenían sabor. La adrenalina transitaba entre ansiedad y ganas de salir a la calle a correr, explorar ese mundo tan ajeno que ya no me pertenecía. Fue cuando la adrenalina me empujó a hacer huelga, armé mi trinchera que estaba integrada por mi celular, mis sandalias, un suéter y un cubre bocas (en caso de que algún vecino me saludara) y salté hacia la azotea. Era un lugar cómodo para mi protesta, el tiempo de ocaso siempre estuvo presente y mis ojos añorantes lo esperaban.
Sin darme cuenta, se volvió costumbre emprender un viaje todos los días a mi azotea, a la misma hora, en el mismo lugar; nuestros encuentros ocasionales se volvieron citas estrictas en la que no podía faltar, sabía que el lejano ocaso me tenía preparadas diversas historias que me invitaban a volar y a divaga. Entonces, la trinchera se hizo más grande, las golondrinas me visitaban, los árboles me saludaban, los gatos me cantaban y los perros los coreaban. La noción del tiempo cesó junto con mi huelga. Cuando me dí cuenta las personas empezaban a retomar sus actividades en el mundo desposeído.
Se explora de manera rara e incómoda la sensación de volver a una cotidianeidad que ahora es ajena, nueva, semejante, desposeída. Me vuelvo a enfrentar a los comienzos que me pesan. Vuelvo a ocupar los espacios en los que pertenecía, pero ya no los lleno. Las personas ya no parecen personas, parecen ojos flotantes sobre un pedazo de tela. Me gusta pensar que las personas no me reconocen por el simple hecho de tener un cubre bocas, extrañamente siempre saben quién soy. Recorro los pasillos de la escuela en busca de mi certificado. Que extraña sensación de graduarme sin haber experimentado, sin haber vivido esa etapa.
Camino a casa y en señal de triunfo decido hacer una parada cerca de casa. Creo que he encontrado un mejor lugar para hacer protesta. Frente a mis ojos se extiende un mosaico de 40 metros de una gran cubierta de parteluces de cristal espejo, en su extremo se levanta un gran teatro auditorio. Sin darme cuenta, el ocaso se hacia presente. Descanso mi cuerpo en las escaleras y entonces te veo y me ves de vuelta. La libertad retomaba su emoción con sabor a adrenalina.
Me encantaba mirar los atardeceres por su gran belleza, hasta que miré tus ojos, entonces decidí cambiar de paisaje.



Comentarios