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La sangre en el colchón

  • Foto del escritor: Carlo Clavellina
    Carlo Clavellina
  • 10 feb 2024
  • 3 min de lectura

El pequeño Antonio y la linda Azucena, hijos del matrimonio entre Marcos y Gabriela, se han quedado en casa castigados mientras sus padres paseaban por el centro en una hermosa noche. Puede ser que hayan ido al cine o a cenar hamburguesas al puesto favorito de Antonio y dejado a sus hijos encerrados, viendo las manecillas del reloj girar.


Los infantes pensaban en cómo encontentar a sus padres para librarse del castigo, encontrando la respuesta cuando Azucena entró a la habitación de ellos y encontró la cama desecha y las corbatas de su padre regadas por todo el suelo.


—Hay que tender la cama y arreglar su cuarto —sugirió la niña—. A lo mejor así nos perdonan.


Los hermanos comenzaron su labor, Anastasio recogía las prendas del piso mientras que Azucena retiraba las cobijas de la cama una por una. Después de retirar la última sábana, la niña expulsó un agudo grito de terror. En el colchón descubierto, justo a media altura, la pequeña había encontrado tres manchas de sangre del lado donde su madre dormía y que, por su coloración, parecían ser de tiempo reciente.


—¡La ha golpeado! —Exclamó incrédulo el niño—. ¡Mi papá ha golpeado a mi madre y la ha hecho sangrar!


—¿Qué hacemos? —Preguntó llorando la inocente Azucena.


—¿Qué más? ¡Defenderla! No podemos permitir que mi madre siga sufriendo.


—¿Estás seguro que le pegó mi padre?


—No quisiera… —suspiró Antonio—, pero no encuentro otra respuesta a esa sangre.


—¿Cómo la defendemos? —Se limpió las lágrimas la pequeña.


—Tendrás que hacer todo lo que te diga, ¿entiendes?


A las nueve de la noche el matrimonio regresó a su hogar y fueron recibidos fríamente por sus hijos, quienes no podían ni ver a los ojos a su padre por la decepción de un corazón roto. Azucena, envuelta en llanto, dijo a sus padres que había encontrado un monstruo bajo la cama de ellos, y aunque Marcos intentó explicarle que tales cosas como los monstruos no existen, Gabriela le insistió que fuera a “revisar” debajo de la cama y calmara el miedo de su hija.


El padre entonces entró a su habitación, se puso de cuclillas y fingió observar por debajo de su cama. De pronto, un golpe duro y seco resonó en toda la casa, seguido del llanto de Azucena y un asustado grito de Gabriela que alertó a los vecinos quienes inmediatamente llamaron a la policía y fueron en auxilio de la mujer.


Al llegar, los uniformados encontraron a un hombre muerto junto a su cama, una bola de boliche ensangrentada, dos niños asustados y una viuda en llanto. Cuando la dama finalmente se había calmado un poco dentro del vehículo policial, uno de los oficiales se le acercó y con una voz grave le preguntó:


—¿La golpeaba?


—No señor, nunca. —Respondió Gabriela.


—Es que el muchacho nos ha dicho que lo hizo porque su padre la golpeaba; dijo que las pruebas se encontraban sobre el colchón y ahí hemos encontrado tres manchas de sangre.


La mujer volvió a quebrarse en un inconsolable llanto, el pecho se le destrozaba por el dolor y de su boca salieron las más terribles maldiciones al cielo e incluso a su Dios que le había arrebatado a su amado esposo. Sin embargo, a sus hijos no les dijo nada y por supuesto, jamás los culpó de lo ocurrido, pues ¿cómo iban a saber ellos que aquella sangre no era más que el rastro de su último período menstrual? No podía culpar a un niño por su simple inocencia.

.FIN.

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