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La excepción

  • Foto del escritor: Carlo Clavellina
    Carlo Clavellina
  • 16 mar 2024
  • 4 min de lectura

Bebo una cerveza, insípida y amarga como las otras cuatro que yacen en el piso del bar, completamente vacías y aplastadas con un odio y furia desmedidos. El alcohol hace poco efecto en mí, tan sólo el suficiente para darme valentía precoz, ímpetu temporal con el que iré a su encuentro. Busco mi cartera en el bolsillo derecho del pantalón y pago mi cuenta, fingiendo una sonrisa a la mesera del lugar.


—No vayas, por lo que más quieras no vayas, hermano. —Exclama mi amigo.


—Tengo que hacerlo —Respondo.


—¡Sabes que no! ¿Qué ganas con eso? ¿Por qué quieres dañarte más?


—Porque la amo, la adoro como nunca antes lo había hecho en mi vida; ella fue la que me enseñó lo que es querer verdaderamente a alguien, a conocer el amor sincero y, si voy a estar con otra, quiero que lo sepa todo, que no se quede nada en el baúl porque nunca más he de decirle palabra alguna.


—Volverás con ella.


—Naturalmente, es algo que no podré evitar en su momento, pero hoy, al menos cortaré de tajo este hilo que nos une.


—Está bien, igual no me escucharás. —Claudicó mi amigo.


Camino tropezando por la empedrada avenida hasta la esquina más cercana, espero el autobús y observo el cielo claro y azulado sobre mí. Las nubes no tienen forma, parecen delicadas pinceladas en el enorme óleo celeste. El camión al fin llega, con dificultades subo los tres escalones de la puerta y dejo caer mi cuerpo bruscamente sobre uno de los asientos rígidos y vandalizados que tiene.


La ciudad avanza tras la ventana, pareciera que yo me mantengo inmóvil en mi asiento mientras las casas y avenidas del mundo se mueven por sí solas, arrastrando su presencia a la mía poco a poco. Comienzo a divisar la plaza, el cartel enorme del cine y el tráfico vehicular en la entrada. Las manos me sudan, tiemblan y se contraen una con la otra. Pago el pasaje, bajo nuevamente con desequilibrio y camino a mi destino.


Saco nuevamente el mensaje que me envió, lo releo otras dos veces y verifico la hora para estar seguro de ser puntual. Busco la pista de hielo de la plaza, ahí donde ella me citó. El lugar está casi vacío, solamente dos o tres personas patinan con tranquilidad. Sentado sobre una de las bancas en el pasillo, tiemblo de cuerpo entero y un instinto dentro de mí me incita a huir del lugar. Todo me da vueltas, las pocas personas a mi alrededor parecen observarme y juzgarme, secretean entre ellos mis verdades… hasta que aparece ella.


Sigue igual de hermosa, sus ojos aún tienen ese brillo incomparable con los demás. Ha perdido peso, o al menos es algo que se empeña en hacerme notar. Me sonríe, con esa magia que no había sentido en tanto tiempo. Sus anteojos se empañan cada vez que una risa escaba de sus labios y unos hoyuelos en sus mejillas se vuelven a dibujar. Todo vuelve a brillar, encuentra de nuevo su sentido, hasta que cinco palabras vuelven a hundirme en la oscuridad.


—Estoy hablando con alguien más.


—¿De verdad? —Finjo indiferencia.


—Sí… es algo atractivo, lo conocí el día de mi cumpleaños.


—Al que no me invitaste.


—Y tú ni siquiera me felicitaste.


—Lo olvidé, he tenido muchas ocupaciones últimamente —le miento, pues realmente fue el orgullo el que no me dejó hacerlo—… ¿Y lo quieres?


—En realidad no —confiesa ella mientras juguetea con su cabello—. Pero voy a estar con él, en mi casa dicen que es alguien que me conviene, que puede ayudar a olvidarme de ti.


—¿Y lo querrás?


—Tengo que hacerlo… ¿Y tú? ¿tienes a alguien más?


—No puedo, aunque así lo quisiera —le confieso—. Mi corazón solamente puede amarte a ti y no puede estar en brazos de alguien más, aunque… tal vez haya una excepción.


—¿Excepción?


—Sí, una sola mujer con la que sí estaría… no la quiero, ni un poco, pero es la única que me daría consuelo, que amaría y me consolaría.


—¿La conozco?


—Algún día.


—¿Entonces seremos amigos?


—No sería justo, para ella o para él sería jugarles sucio. —Menciono mientras tomo su mano—. Si no existieran, tal vez volvería corriendo contigo, pero existen, y por eso es un no.


—¿Te volveré a ver?


—Algún día, naturalmente.


Después de decir eso, tomo un bolígrafo de mi bolsillo derecho y una servilleta de un local de comida rápida, vacío como el resto de la plaza. Escribo en ella unas cuantas palabras, algo breve, y con la voz entrecortada por el llanto ahogado, le deseo lo mejor y me marcho sin besarla, solamente dándole un abrazo tan largo que impregnó su perfume en mi camisa al partir.


Llego por fin a mi casa, donde ahí está aquella excepción que le mencioné.


La encuentro en el sofá recostada, con una botella en la mano y una copa en la otra. Tentadora, parece seducirme con su figura excitante. No le importa el olor, de cualquier forma, sabe que irremediablemente terminaré en su poder. Me acerco con ella, desnudo mi dorso poco a poco, tomo entre mis manos el lazo que ha de unirnos y, de un salto, caigo en sus brazos dormido eternamente, entregado al cariño perpetuo de mi excepción: la querida muerte.


FIN.

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