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Funcionarios de casilla

  • Foto del escritor: Carlo Clavellina
    Carlo Clavellina
  • 29 mar 2024
  • 3 min de lectura

Eran las seis de la tarde, en uno de los domingos más áridos que he vivido en esta ciudad. El sol impactaba sin obstáculo sobre toda la explanada de la plaza, aunado a que, la carpa de hule blanco que el municipio colocó para nosotros, solamente guardaba mucho más el calor y lo convertía en asfixiante bochorno. Llegué a temer de verdad que, en cualquier momento, mi compañero o yo desfalleciéramos por ahogamiento o golpe de calor. Y para colmo, estaban los tres hombres con “cuernos de chivo” apuntándonos directamente.


—A ver, morrillo, se lo repito una vez más… ¡Dame las ‘inches casillas! —Me ordenó el que, al parecer, estaba al mando.


—No puedo hacerlo, señor. —Le respondí lo más calmado que pude.


—¡No le hagas, José! ¡¿Quieres que nos maten?! ¡Dáselas por amor de Dios! —Me suplicó mi compañero.


—Mario, es que ya les dije que no puedo hacerlo.


—¿A poco si muy patriota, güey? —Me increpó uno de los otros dos hombres.


—Tampoco… en realidad ni quería venir, cuando me avisaron que salí sorteado para funcionario de casilla, me fui a esconder en la azotea de mi casa por dos días para que no me encontraran los de las elecciones.


—¿Entonces cómo acabaste acá? —Preguntó el líder.


—Me resbalé y caí justo enfrente de los capacitadores.


—¡Ahí está morrillo! Uste’ ni siquiera quería estar acá, mejor afloje y coopere.


—Ya le dije que no puedo hacerlo.


El líder frunció el ceño regordete que tenía, se acarició la barba en pose reflexiva y volteó a ver a sus dos achichincles. Habían llegado así, tan repentinamente que ni siquiera nos habían dado la oportunidad de espantarnos. Supongo que eso, junto el calor insoportable del día, habían hecho estragos en mi sentido del miedo y no sentía ninguna preocupación por los mortales rifles que los tres hombres cargaban.


—A ver morrillo, de verdad que no le conviene ponérsenos al brinco, solamente denos las casillas.


—Pero, ¿para qué las ocupa? —Le pregunté.


—¡Pues para no matarte bruto! —Me gritó el tercer hombre armado.—Ya le dije morrillo… ¡El patrón las ocupa pa’ sus negocios! —Me respondió el líder.


—Por eso mismo, señor… no puedo hacerlo, porque sé muy bien que buscan robarlas para modificar el resultado, y no se los voy a permitir.


—¡José, por favor! ¡Dáselas! —Volvió a berrear mi compañero.


—Es que no puedo, Mario. Porque yo sé que estos señores vienen de parte de Justo Morales, el candidato celeste, ese que fue relacionado con el crimen organizado… ¿te acuerdas?


—¡Eso es puro choro! —Respondió el segundo hombre armado, al tiempo que daba un balazo al aire y creaba un pequeño agujero en el techo de la carpa.


El líder reprendió a su subordinado después de aquello, ordenándole subir a su camioneta tipo pick up blindada y no volver a pronunciar palabra con nadie hasta regresar “al cuartel”. Después, con un rostro severo y amenazante, volteó hacia mí. Supongo que debió de haber notado mi nula intención de ceder las casillas, porque en vez de gritarme y explicarme como tomaría su arma y me volaría los sesos si no entregaba los votos… comenzó a negociar conmigo.


—Mire, plebe, la cosa está así: mis socios necesitan en serio una manita, porque el pobre de su candidato no sirve ni pa’ calentar tortillas; me pidieron que robara unas casillas para quitar votos en su contra, así los que son favorables para él serían mayoría y ganaría.


—¿Por qué no meter más votos falsos a su candidato?


—Porque uno no sospecha si ve que nadie votó, en cambio, si le metemos relleno, es más evidente el fraude… como con mi señora.


—Por eso mismo le digo… no puedo darles las casillas.


—¡Oh que la…! ¿Por qué?


—¡Porque no les van a servir! —Gritó mi compañero mientras el otro sujeto lo golpeaba repetidamente con el cartucho de su rifle.


—¿A qué se refiere el baboso este? —Preguntó el líder.


—Pues mire, señor… —comencé a explicarle—. no puedo darle la casilla de votos, porque ni siquiera tienen votos; a estas casillas nomás han venido dos personas: un perrito que se quería refugiar del sol y un señor que nos preguntó que si vendíamos algo o por qué la carpa. Nadie ha venido, supongo que es por el partido de futbol, me parece que la selección jugaba con Camboya o un país de por ahí… en conclusión, no hay ni votos que quitar.


El hombre entonces soltó una enorme carcajada, bajó por fin el arma y tomó el librito donde estaban todas las identificaciones de los votantes impresas. Rayó con el plumón tres al azar y ordenó a sus dos achichincles votar por el partido celeste, después de todo, con tanta indiferencia electoral, ¿a quién le iba a importar?


FIN.

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