EXTRASENSORIAL
- Adonaí Garrido Chavarría

- 2 nov 2023
- 1 min de lectura
Cuatro paredes fueron suficientes para presenciar lo que cualquiera llamaría un acto de vulnerabilidad. El lugar parecía ser la sala de un hogar, con decoración heterodoxa, de las paredes colgando imágenes con algunos miembros de la familia, en el centro un dildo asemejando la contrariedad de un espacio cuadrado y un aroma dulce resaltando en cada aspiración.
De los sofás, uno era el más importante, yacía una persona frente a la mirada más ralentizadora, en dónde la paz es protagonista. Un chispazo abundante en el cuerpo, dilatando las pupilas de aquel espectador que tenía todo un mundo a pocos centímetros de su nariz.
A veces sentirlo es más sencillo que explicarlo y este caso no es la excepción, el río de las emociones no soportó hasta que salió de cauce. La mente tan poderosa mantenía preguntas mientras observaba la composición humana de unos ojos tan bellos y perfectos que a su manera el estallido era inminente.
Nada nos ha asegurado que el amor se debe sentir igual para todos o siempre de la misma manera, nada nos ha enseñado como el amor ha pasado a ser parte de nosotros hasta interiorizar. A pesar de no tener nada certero, ese par de globos oculares mencionados con anterioridad fueron los que un día, en un acto de amor, irrumpieron el iris de quien observaba, siendo imposible frenar las lágrimas.
Independiente a esta vivencia contada por un ser pasional, el amor se siente y sólo la persona enamorada siente el arrebato del aliento.



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