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El deportado

  • Foto del escritor: Carlo Clavellina
    Carlo Clavellina
  • 17 nov 2023
  • 3 min de lectura

Hace varios años que no estaba aquí, todo ha cambiado en mi pueblito; muchos dicen que se le mira igual por todos lados, pero la verdad es que no, porque ya no están las mismas personas que había cuando yo me fui, o quizá ha pasado tanto tiempo que ya nadie me recuerde.


No esperaba que hubiera una gran bienvenida en mi pueblo, por supuesto que no, pero al menos quería encontrar a alguna cara conocida para poder charlar, sentir a este lugar otra vez como mi hogar. Sin embargo, el lugar no es el mismo, pues, aunque sean las mismas calles que yo recorrí tantas veces en mi juventud, hay algo en ellas que ha cambiado. Tal vez sean los nuevos locales y puestos, los faros de luz o las casas que no estaban cuando me fui lo que hacen que me sienta así, como forastero en mi propia tierra.


En el centro hay mucha más gente que antes. Al parecer, a alguien se le ocurrió llamar “mágico” a este sitio y ahora cada fin de semana llegan autobuses y coches repletos de turistas. Me es inusual y sorprendente ver tanto vehículo y tráfico en las calles del pueblo, si cuando yo me fui, el cura y Don José eran los únicos que tenían carro. Y hablando del cura, no pude evitar notar que la iglesia está más alta que antes y mejor pintada, o al menos eso es lo que me parece; de lo que, si estoy seguro, es que antes no estaban esos militares armados hasta los dientes que vi hoy, resguardando el centro de mi pueblo.


Mi familia tampoco es la misma, hay nuevas generaciones que me desconocen y las viejas, como mi abuela que tanto extrañaba, ya no están. La casa es más grande, ahora tiene dos niveles y seis habitaciones, muy diferente a esa choza con piso de tierra y paredes de lámina que yo dejé cuando me fui. Mi padre leyó mis pensamientos con esa increíble habilidad que tienen nuestros progenitores para conocernos tan bien, como el artista reconoce su obra con el simple tacto.


—Mire, mi’jo. Este es su esfuerzo, si hoy la casa es buena, si su padre superó la hepatitis o si su hermana es doctora, es solamente gracias a uste’.


No quise responder, tan solo fingí una sonrisa y entré a la casa. Mi madre me abrazó con tanta efusividad y cariño que me hizo sentir como un muerto recién resucitado, después me dijo con cariño que mataron dos puercos para el pozole de mi bienvenida.


—¿Te acuerdas de que cuando te fuiste solamente teníamos una gallina? —Preguntó mi hermana sentada en el comedor, partiendo limones por la mitad y luego en cuartos.


—Y nunca quería dar huevos para comer. —Le contesté sonriendo.


—¿Qué pasó con tus hijos y tu esposa? —Nos interrumpió el pequeño primo Chucho, que hoy, era todo un hombre.


—Ella es americana y los niños técnicamente también, por eso se quedan allá. —Dije sin levantar la mirada de mi plato recién servido por mi madre, como cuando era niño.


—¿Y qué? ¿Cuándo se vienen contigo? ¿Se van a quedar en Orange? —Tomó la palabra mi padre.


No quise responder, no estaba seguro si ellos querían dejar su vida allá y venir a mi pueblo, donde hasta yo me sentía ajeno, incluso creo que ni yo estaba seguro de quedarme aquí o volver a cruzar; aquello que viví con el pollero no lo quiero volver a sufrir nunca, pero nunca más. Tampoco puedo cruzar de forma legal, pues la verdad no estoy dispuesto a pedir perdón a los gringos por “robarles su tierra”.


Mientras todos esos pensamientos ocupaban mi mente, tomé una tortilla de la mesa, la embarré con salsa y después del primer mordisco, me solté a llorar.


—Miren, ¡qué tierno! Tanto tiempo comiendo allá, que no se acordaba cómo saben las cosas acá. —Exclamó mi madre sonriéndome tan cariñosamente como el día en que partí.

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