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El asesinato del general Mota

  • Foto del escritor: Carlo Clavellina
    Carlo Clavellina
  • 11 nov 2023
  • 5 min de lectura

Eran las siete de la mañana, la helada neblina poco a poco comenzaba a disiparse y los primeros rayos del sol acariciaban las agujas de los magueyes alrededor de la estación de tren. El general, como era su costumbre, tomó un enorme trago de tequila para aclarar la garganta y, en cuanto el primer ferrocarril arribó al parador, dio la orden a sus hombres de abordar los vagones con su aguardientosa voz.


Así, los sombrerudos con zarapes desgastados y huaraches carcomidos por el calor del suelo desértico, comenzaron a abarrotar el tren en medio de un babel de esposas, niños y curiosos que se acercaban a conocer el rostro de las famosas tropas del general Mota.


—¡Ya me voy, chachita! —Gritaba uno de ellos desde el vagón número siete—. ¡Luego te mando los güenos días desde Guadalajara, mi prieta!


Y mientras la mujer le despedía con un pañuelo y cristalinas lágrimas, en los andenes apareció un hombre zarrapastroso, con un hedor a licor rancio emanando de su boca y unas cicatrices en su rostro, frutos quizá de viejas peleas bohemias. Aun tambaleándose, se acercó al operador y con las palabras más suplicantes que pudo encontrar, trató de convencerlo para que lo dejara abordar el tren. El maquinista le negó su petición, el hombre lo insultó y en un abrir y cerrar de ojos, ambos sujetos se encontraban revolcándose en las vías, propinando golpes el uno al otro. Cuando la pugna llegaba a su cúspide y ambos rostros comenzaban a ensangrentarse, fue interrumpida por el estruendo de un cañón.


—¿Qué ocurre aquí? ¿Por qué no avanzamos? —Preguntó el general Mota al tiempo que guardaba de nuevo su revólver en la cartuchera.


—Pues éste… está chingue y chingue con que se quiere subir, ¡pero no quiere pagar! —Respondió enfadado el operador mientras sacudía de sus ropas el polvo.


—Yo no pagué… ¿Hay algún problema? —Lo increpó el general.


—¡No, mi general! Uste’ sabe que para sus tropas el viaje va de cortesía, pero éste… ¡No tiene ni en qué caerse muerto!


Al escuchar eso, el general se acercó al hombre que seguía en el piso buscando entre las piedras de las vías los únicos dos pesos que poseía.


—Mi amigo… ¿Cómo se llama? —Le preguntó el general Mota.


—Pues… al parecer me dicen “El Muerto”, mi general —Contestó el hombre al momento que se levantaba resignado por no encontrar sus pesos.


—¡Pues felicidades, compadre! Es uste’ ahora parte de la compañía del general Pancho Mota, su servidor. Aquí tiene sus cuatro pesos de reclutamiento, ahora… ¡Suba al tren, cabo Muerto!


Con el carbón al rojo vivo, el vapor caliente escapando de la boca del ferrocarril y el coraje del maquinista, el tren poco a poco comenzó a avanzar y a abandonar Tepic. Después de un buen rato, el traqueteo de las ruedas, aunado al impiadoso calor de la llanura jalisciense y el aroma a cebollas rancias que los pasajeros en los vagones expedían, convirtió aquel viaje en un verdadero infierno, insoportable hasta para el más macho de los machos. Por eso, todas las tropas gritaron en jubilo cuando un chamaco de trece años pasó entre vagón y vagón anunciando el arribo de los hombres del general Mota a Guadalajara.


El tren se detuvo, las puertas se abrieron y en una avalancha humana, los prietitos a bordo de los vagones salieron a tomar el aire denso de la Perla Tapatía. El general bajó acompañado de su escolta, quienes viajaban cómodamente en el primer vagón, y a su encuentro llegó el teniente Macías, colega suyo desde los inicios de la Revolución. El teniente era un ladrón, una vil rata convenenciera que, sin embargo, se había vuelto un villista convencido y que, según sus palabras, se había reformado por el bien del pueblo.


—¿Y los federales? —Preguntó el general.


—Atrincherados en el sur —respondió Macías—. No se preocupe, compadre, ahora que uste’ está acá… ¡En unos días les damos cuello!


El teniente invitó entonces al general y a toda su compañía a una cantina cercana para curarles el viaje. Primero tomaron whisky para brindar, después abrieron el tequila para completar y al final, bebieron aguardiente para emborrachar. Sucedió pues que al general Mota poco a poco las copas y los tragos le iban quitando el control de sí mismo y poco a poco desnudaban el alma verdadera de su leyenda. Con la boca caliente por el alcohol, el general comenzó uno de sus típicos discursos de borracho donde no se cansaba de echarse flores y cambiar su papel de caudillo por el de político en campaña.


—¡Gracias, compañeros! Por ustedes es que la pelea sigue en lucha. Son ustedes los que han puesto la confianza en mí y yo les he de responder bien… ¡Ya verán! ¡Viejas y lana de a montón para todos! Porque yo soy de ustedes señores, ¡soy del pueblo! ¡Soy el gran Pancho Mota! —Vociferó el general.


—¡Viva! —Contestaba completamente ebrio el teniente, tumbado en la barra de la cantina.


—Es que mire nada más, compadre —se le acercó el general al teniente Macías—, yo creo que he obrado bien. Mire que yo les he dado chamba a éstos, es más, mire por ejemplo… ¡Muerto! ¿Dónde está el Muerto?


Como si del llamado de un santo se tratase, el cabo Muerto justo entraba en la cantina. Irrumpió con un paso lento, como arrastrando los pies, casi parecía no despegar las suelas de sus huaraches al momento de caminar y sin decir palabra alguna, tan solo mirando fijamente al general.


—Yo a ese hombre lo recogí en Tepic porque decían que no tenía ni un peso en qué caerse muerto —repetía el general—. Pero hoy, ¡ya tiene cuatro pesotes! ¡Qué bonita es nuestra Revolución, verdad de Dios!


En ese momento, el general estaba tan ebrio que no pudo impedir su destino. Todo ocurrió muy rápido, como cuando un rayo recae sobre el torcido tronco de un pirul; solamente se oyeron estruendosos truenos y cinco balazos atravesaron el cuerpo del general Mota.


—Perdóneme, mi general. —Decía el Muerto mientras su pistola aún humeaba el humo de la pólvora—. Es que los federales me dieron más…


Todos los presentes estaban callados, demasiado ebrios como para empuñar un arma contra el asesino frente a ellos. De hecho, estaban tan indispuestos por el alcohol que ni siquiera eran capaces de procesar lo que sus ojos acababan de ver. Solamente un chamaco, de unos trece años, reaccionó un poco tardío a los hechos, y apuntando su carabina, oficializó el apodo del cabo Muerto, utilizando solamente una bala.


El teniente Macías se acercó tambaleándose hacia los dos cadáveres en el piso, tomó la pistola del general Mota entre sus manos y sonriendo comenzó a decir:


—Pues creo que todos están de testigos que el general Mota hubiera querido que yo siguiera sus pasos… ¡Porque yo soy el hombre del pueblo! ¡Viva el general Macías!


—¡Viva! —Contestaron sus hombres, celebrando la nueva cara de su lucha, al menos hasta que llegue otro con diferente cuento y se vuelva la nueva cara del pueblo, tal como lo dictan, las tradiciones de México.

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