Disputa doméstica
- Carlo Clavellina

- 28 feb 2024
- 3 min de lectura
La mujer de Vicente le había colmado la paciencia y él ya no encontraba razones para seguir fielmente a su lado. Para el hombre, cada día resultaba en una mezcla de profundas decepciones con su pareja; ya fuera por el desagradable olor que expedía ella en las mañanas, o cuestiones más imperdonables, Vicente sentía que el cariño hacia su dama comenzaba a expirar.
Una noche, por fin, Vicente decidió enfrentar la verdad junto a su amada. Después de un día infructuoso de trabajo, aquel hombre viejo y cojo llegó a su hogar y encontró a la mujer sentada en un extremo del comedor, el mismo sitio donde él la había dejado por la mañana al partir. Con su paso lento y cansado, arrimó una silla a la cabecera contraria de la mesa y sentándose frente a ella, expiró aire en busca de calma para discutir la evidente crisis que atravesaba su romance.
—Otra vez no has barrido Yolanda —notó molesto Vicente—, no hiciste la comida y tampoco lavaste la ropa, has permanecido en esa maldita silla todo el día.
La mujer permaneció callada en su asiento, con los ojos fijos hacia él, quien, al notar la indiferencia de su amada frente a sus quejas, se levantó de la mesa y colocó en las llamas de la estufa un hervidor para hacer café. Mientras el agua comenzaba a ebullir, el hombre volteó su mirada hacia la dama en la mesa y con una risita incrédula agregó:
—Pensé que lo lograríamos, de verdad lo creí… Sin embargo, hoy me encuentro con la sorpresiva conclusión de que mis ojos ya no encuentran en ti lo que eras antes, esa mujer que me llevé a escondidas para casarnos secretamente, ocultos hasta del mismo Dios. La belleza que te distinguió de todo el tumulto de gente que te acompañaba cuando te conocí en mi trabajo, se ha esfumado. Hoy eres más fría, tus ojos se han vuelto inexpresivos y tu actitud intransigente. Antes perdonaba todos estos conflictos por la saciedad carnal que encontraba contigo, pero hoy ya no estoy dispuesto ni a tocarte, simplemente ya no me atraes ni me despiertas deseo, pues tu carne se está comenzando a caer.
Vicente vertió el agua caliente en una taza y abrió un sobre desechable de café para disolverlo en ella, como siempre omitió el azúcar, pues el prefería el sabor amargo y puro de aquel grano por las noches. Se dirigió de nuevo a la mesa y antes de tomar asiento, notó un pequeño y viscoso gusano blanco que se retorcía grotescamente sobre el mantel.
—Y otra cosa… estos bichos que has estado trayendo a la casa se están convirtiendo en un problema, no me sorprendería que algunas larvas de mosca estuvieran devorando ahora mismo tus ojos; ya no puedo tolerar esas cosas, y aunque sabes que te amo inmensamente, pienso que lo mejor para los dos es que te regrese con tu madre, porque ya no puedo, es decir, ya no quiero tenerte aquí.
Con el gélido viento nocturno acompañado de la inhóspita lluvia que caía sobre la ciudad, Vicente salió de su hogar junto a su mujer. Las calles se inundaron con las aguas desbordadas de las cloacas y él las atravesaba con paso calmoso, tomando del brazo a su dama y atrayendo la vista de toda persona que se topaba con ellos, quienes incrédulos con la escena, aborrecían a aquel hombre.
Llegaron pues, hasta donde yacía la madre de ella y Vicente. Con el corazón hecho trizas y su rostro lagrimado, acarició por última vez la mejilla de la dama antes de perderla para siempre. La besó, lo hizo tan profunda y largamente como la primera vez para después escupir al suelo y limpiarse la boca.
—Te amo… —Pronunciaron sus desdichados labios.
Sumergido en un amargo llanto, Vicente volvió a tirar a su amada en la obscura fosa de donde la robó. Lentamente volvió a colocar la tierra sobre ella con la pala que utilizaba en su jornada laboral diaria como enterrador del cementerio. Al llenar por completo el socavón con tierra, colocó de nuevo en su lugar aquella lápida que con letras rigurosamente grabadas decía:
“Aquí yace la señora María del Cabo y su hija Yolanda Espinoza del Cabo.
Que Dios ampare en su eterna gloria a estos dos ángeles por siempre.
Atte. Armando Espinoza, esposo y padre.”
FIN.



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