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Descanso en paz

  • Foto del escritor: Carlo Clavellina
    Carlo Clavellina
  • 27 ago 2024
  • 2 min de lectura

Hoy el vecindario se ve tranquilo, sin ningún tipo de ruido más que el de uno u otro pájaro que le canta a su pajarita. Tampoco han pasado perros, así que no he tenido que preocuparme por los restos de excremento frente a mi jardín. Aunque claro, llamarle “jardín” a tres ramitas de ruda y dos pedazos de pasto mal crecido, es exagerar mucho.

De todos modos, es en extremo molesto que, cuando recibo visitas, tengan que andar esquivando esas cagadas entre sus pies, mentando y re mentando madres cuando llegan a pisar una. Y eso sin mencionar el olor; aquí siempre está mojado, ya sea por las rosas y tulipanes de mi vecina, doña Josefa, o por el agua encharcada que cae desde el cantón de Facundo, y sí, toda esa agua la chupan las heces para no secarse y andar apestando más feo. Para acabarla, el sol siempre da pleno en mi chante, de modo que todo ese olorcito se levanta con más fuerza.

Pero hoy el día está agradable, con un vientecito liviano que da frescura al día y se lleva ese hedor. El sol está tranquilo, a penas y calienta lo suficiente como para comer un raspadito con Vicente, pero él no viene por acá sino hasta el viernes, se queda el sábado y chance pasa el domingo. En martes, me tengo que quedar con el antojo, claro que, en mi situación, no puedo comprar uno, y nunca podré, pero al menos es agradable escuchar esas campanitas frente a mi sitio y la voz de aquel tipo gritar: “Raspadoooooos”

He oído que ahora venden otro tipo de raspados en el pueblo, que le llaman Bonises o Bolites, la verdad no sé, sólo lo he escuchado cuando los nietos de doña Josefa vienen a visitarla y se la pasan “Mami cómprame esto”, “Mami lo otro” y la pobre señora sólo contesta “Estamos con su abuelita, al rato en el pueblo vemos”.

A mi igual me traían así en su tiempo; mi madre me decía que era una bala de rebote, porque no sabía para dónde iba. A veces estaba en el parque, jugando a la pelota con todos, luego estaba con Tito en el barranco y para acabar el día, jugaba a las carreras con Pepe en el callejón donde vivía. El juego era muy divertido: consistía en subirse a la bici al inicio del callejón, acelerar con todo lo que teníamos e irnos a estrellar hasta el final, en la entrada de la vecindad donde vivía Claudia. Siempre nos llevábamos buenos moretones, a veces dejábamos uno que otro diente, pero nos volvíamos a levantar.

Quizás por eso estoy aquí, sin poder salir de mi casa, o al menos eso dijo mi madre cuando me vinieron a enterrar. “Voy a extrañar su risa, pero ya no va a salir” fue lo que dijo mientras cerraban la puerta y me arrojaban al agujero. Es pesado, no poderse levantar es rico al inicio, pero ya me ha empezado a cansar. Ayer se me cayó un ojo, y creo que mis dedos índices ya no están, pero fuera de eso estoy bien. Hoy el día está muy tranquilo, hoy descanso en paz.

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