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Así mueren los hombres

  • Foto del escritor: Carlo Clavellina
    Carlo Clavellina
  • 4 mar 2024
  • 3 min de lectura

—¡José Juan! ¡Pélate condenao’, que vienen por ti! —Gritaba Pancracio mientras corría rumbo a la casita gris de su compadre, levantando una polvareda tras de él.


José se encontraba sentado junto a un nopalito, espulgando a su perro con la paciencia que solo él podía tener. Caricia tras caricia, los animalillos iban cayendo del pelaje de su can, quien, con los ojos entrecerrados y la lengua de fuera, bostezaba plácidamente en sus piernas.


—¿Qué no me oyes hombre? ¡Que te van a matar! —Insistió Pancracio.


José Juan levantó su cansado rostro para mirar directamente a su compadre. Sus ojos, envueltos con unas ligeras arrugas de piel, miraban a Pancracio con una indiferencia total. Algunos de sus cabellos comenzaban a vestirse de blanco y su pie derecho ya cojeaba al caminar, reminiscencia eterna de sus tiempos con fúsil.


—¿Quién te dijo esa barbaridad? —Contestó por fin José Juan.


—¡Yo clarito lo vi! Andaba allá en la plaza del pueblo con la María cuando de pronto oímos llegar muchos hombres con cuete; y por ahí uno gritaba: ¡Viva la confederación norteña! Y el otro por ahí gritaba: ¡Pura gente de Bernardo Sosa! Y en unos segundos armaron un rete escándalo con sus pistolones.


—¿Estaban gruesos?


—¡Harto! Pos son de los que les compraron a los gringos allá en Houston, que disque usados por sus soldados y no sé qué…


—¿Y quién dice que me van a matar? —Preguntó riendo José Juan.


Pos nadie, pero todos lo saben… tú le mataste a su hijo.


—Y el se robó a la mía, estamos parejos.


—Pero dicen que tú fuiste el que dio el pitazo cuando le cayeron al Zumbito allá en la sierra los militares, ¿no te acuerdas el coraje que le sacaste?


—Eso fue culpa del Zumbito por andar jugándole al guerrillero, si se hubiera quedado en la plaza amurallao’ nada le pasaba… no es mi culpa que un convoy militar pasara justo ese día por ahí, además, se lo buscó cuando mató a mi cuñado por una apuesta.


En ese momento José Juan soltó al perro de sus brazos y se levantó del suelo, sacudió la tierra de sus pantalones y caminó rumbo a su cantón. Pancracio, incrédulo con la calma de su compadre, lo siguió y lo tomó fuerte del brazo para hacerlo reaccionar.


—¡Suéltame canijo que justo ahí me picó una araña!


—¡Escucha José! Ellos te andan buscando… ¿por qué no te brincas con tu mujer? Yo le digo a mi sobrino que te cruce, es rete bueno pa’ eso; te quedas un rato allá a que se calme la cosa y luego te devuelves a tu casa real y no a esta pocilga.


—¿De qué serviría? Igual la gente de Macías está muy lejos como para que le hagan ruido a Sosa y a mi me choca estar con los gringos… como que no me doy.


—¿Y los sardos?

—¡Esos buenos pa’ nada! ¿en qué van a ayudar? Son puro pueblo, como tú o como yo, nomás que a ellos los visten de verde.



—¿Entonces no te pelas? —Exclamó resignado Pancracio.


Pos no, solamente te encargo una cosa… que no me desarmen como al Muñeco, prefiero irme así completo.


—¿Y si te pozolean?


José Juan entonces sacó un cigarrillo, Marlboro clásico, lo encendió con la estufa y lo colocó en sus resecos labios para fumar otra vez, después de casi diez años de no hacerlo. Se paró junto a la ventana principal de su casita, esa que da hacia el cerro y las nopaleras. Pancracio lo miraba triste, con un nudo en la garganta que inútilmente intentaba tragar.


—¿Sabías que mi abuelo también era bueno pa’ esto de matar? —Exclamó José Juan.


—Dicen que sirvió con Villa ¿verdad?


—Todo un valiente… tendré suerte si me reconocen con la mitad de honores que a él; lo colgaron, un día la gente de Obregón lo atrapó, le dieron a escoger cómo irse y él, en vez de elegir la bala, escogió la horca que porque “así mueren los hombres que saben morir”.


—Pues así también te vas a ir… lo prometo José, yo se los pediré —Le contestó ya con lágrimas Pancracio.


A la mañana siguiente el pueblo se despertó con una terrible y escalofriante novedad en su plaza principal. Frente al kiosco, en un viejo y grueso pirul, colgaba el cuerpo ya sin vida de un hombre con el rostro oculto tras una bolsa de plástico negro, sosteniendo un letrero en la mano que, con letra grande y mal hecha decía:


“AZI MUEREN LOS OMBRES QUE SABEN MORIR

EZTO LES VA A PASAR CI SE NOS QUIEREN REVELAR

¡VIVA LA CONFEDERASION NORTEÑA!”


FIN.

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