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Aquí hay un muerto

  • Foto del escritor: Carlo Clavellina
    Carlo Clavellina
  • 25 nov 2023
  • 4 min de lectura

Actualizado: 30 nov 2023

—Es que no le entiendo licenciado —repitió Don Chepe—, ¿cómo va a cambiar la feria de lugar? ¡Pos si son las tradiciones del pueblo!


—A ver, Don Chepe… —Contestó el licenciado Herrera—. Ya le dije que este año mi gobierno quiere organizar la Feria de San Antonio más grande de la historia, ¡vendrá gente de todo el estado! Y por eso, no nos vamos a dar cabida en la calle frente a la iglesia.


—¿Y ahí es donde entro yo?


—¡Exacto! Porque revisando los papeles del municipio, me di cuenta de que usted posee el ejido más extenso del pueblo, y justo ese terreno alcanzaría perfectamente para montar la feria.


El licenciado Herrera tenía tres años siendo el Presidente Municipal de San Antonio, aunque para su mala suerte, no había podido imponerse como una figura de respeto o cariño para los pobladores, por eso, ellos aún lo veían como ese curro perfumado que el partido oficial colocó en el poder luego de que Rodrigo Baños, legítimo ganador de las elecciones pasadas, fuera asesinado misteriosamente por un convoy armado tres días después de su victoria.


Por eso, en el último año de su mandato, el licenciado Herrera quería tirar la casa por la ventana en la organización de la feria local. Buscaba ganarse al pueblo y para lograrlo, organizó muchos y variados eventos para la fiesta, entre peleas de gallos, bailes, espectáculos y un concierto de los “Cuinos del norte”, trataba de convencer a la gente de apoyar su candidatura para gobernador del estado, cosa que venía planeando desde un tiempo atrás.


—¡No lo sé, licenciado! —Exclamó Don Chepe—. Mire que debo preguntar la cosa con los demás ejidatarios, hacer la votación y todo eso…


—¡Ay, Don Chepe! —Rio el licenciado—. ¡Usted diga que sí! Con los demás yo me arreglo; por ahora, piense que se puede llevar una buena tajada de las cuotas que cobraremos a los que se quieran instalar.


—¿Y los demás del ejido? Me van a reclamar.


—¡Pues que pongan estacionamientos o algo! También se puede sacar buena lana de eso, y más ahorita, porque estoy seguro de que vendrán visitantes de todo el estado.


Sin mucho remedio, Don Chepe aceptó y firmó todos los papeles que el licenciado le colocó sobre la mesa, movido un poco por la presión del mandatario y por su propia ambición, después de todo, hace dos días había perdido parte de su rebaño y su futuro financiero se veía amenazado muy seriamente.


El gran día llegó, los puestos de comida llegaron y encendieron sus fogones, los juegos mecánicos se instalaron y a Don Chepe se le dormían las manos contando los fajos de dinero que los gañanes y saltimbanquis le entregaban como “cuota de recuperación”. El evento iba marchando sobre ruedas, la asistencia a la Feria de San Antonio marcó una cifra récord y hasta el gobernador había confirmado su asistencia al concierto de los “Cuinos del norte”.


Todo ocurría a la perfección hasta que, el día de clausura, todo se fue a la basura con el palenque. Entre gritos, silbidos y groserías, dos hombres discutían en las improvisadas gradas del lugar, hechas con paja y madera que Don Chepe juntó de su ranchito. Uno reclamaba su pago, el otro alegaba que a su gallo le rompieron un ala al soltarlo, y entre dimes y diretes, sonó el tronido de un cañón.


El cuerpo inerte y callado de un hombre, cayó sobre el suelo y un agudo grito de pánico acompañó su camino. Don Chepe llegó al lugar y encontró un cadáver flotando en un río de rojas aguas que brotaban por entre sus cejas. Perturbado, el pobre señor mandó llamar al licenciado Herrera para notificar el hecho.


—Pues… levántenlo —dijo el licenciado–. Y Don Chepe, ayúdeme porque ya va a llegar el gobernador y no tenemos ni donde sentarlo.


—¡Pero, licenciado! —Gritó casi en lágrimas Don Chepe— ¡Aquí hay un muerto!


Herrera entonces tomó una botella semivacía del suelo, chorreó el líquido restante sobre el cadáver y colocó el envase cuidadosamente sobre los entumidos dedos del sujeto, de tal manera que aparentara sostenerlo.


—¡Listo, Don Chepe! —Gritó triunfante el licenciado—. Este hombre no está muerto, lo que pasa es que se pasó de copas y está durmiendo.


—¿Y esa sangre? —Respondió Don Chepe.


—Fue una pelea, pero por eso mismo, el Capitán ya se lo va a llevar a la comandancia ¿verdad capitán?


—¡Sí, Señor! Ahorita mismo le digo a los muchachos que lo suban a la patrulla.


—¡Perfecto! Por lo mientras, Don Chepe, ayúdeme a recibir al gober’ porque ya van a tocar los Cuinos del Norte.


Así, la fiesta de San Antonio se llevó a cabo con todo éxito, tanto que el mismo gobernador felicitó al licenciado Herrera por su enorme gestión en un evento tan masivo, prueba de ello es el número de detenidos que dejó la fiesta: un solo hombre que fue arrestado por tomar en la vía pública y provocar un altercado; además, le ofreció el apoyo de todo su equipo en su futura campaña para gobernador del estado. Y si se preguntan qué pasó al final con Don Chepe, por ahí escuché que se postulará para ser Presidente Municipal de San Antonio, después de todo, hace poco se le perdió otra parte de su rebaño y su situación económica peligraba enormemente.

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