8 minutos
- Carlo Clavellina

- 8 mar 2024
- 2 min de lectura
Solamente eso, unos ridículos cuatrocientos ochenta segundos dedicados a la mujer en el Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades, lo equivalente a ocho minutos de hipocresía e indiferencia de una institución que, al menos en apariencia, es la más humana de la máxima casa de estudios hidalguense.
Ocho minutos, lo necesario para un simple plumazo, una fotografía y un discurso tan ignorado como la mujer en la historia social; no sorprende que la primera declaración de Derechos en Francia únicamente considerara al hombre como ciudadano, que las plumas femeninas de los siglos pasados debieran firmar bajo el nombre de “anónimo” o que los grandes estudios y descubrimientos fueran del gran hombre y su “conyugue”.
Ocho minutos para escribir a la mujer, cuando a mí me ha tomado casi una hora escribir estos párrafos, ¿qué podría hacerse en menos de un cuarto de hora? ¿es tiempo suficiente para abarcar, cuanto menos, las mínimas problemáticas que conlleva ser mujer en este país? ¿son esos miserables ocho minutos los suficientes para reconocer siquiera al terrible monstruo mexicano que habita entre nosotros? Esa bestia, la que devora féminas con un apetito insaciable año tras año, día tras día.
Ocho minutos, el suficiente para que alguna madre sea golpeada frente a sus críos, para que alguna hermana llegue al mar siguiendo el cauce de un río o que alguna hija le “encante” el ojo a algún poderoso, sea delincuente o sea gobernante, después de todo, en este país los dos son igual.
Ocho minutos, el tiempo que el instituto otorga a la mujer, es el mismo que le toma al personal de intendencia colocar una lona enorme de un candidato en la pared. Los volantes políticos abundan en los pasillos, abarcan el alto y el ancho de los muros y las aulas, acompañados de unos cuantos papeles pegados con el borde morado. Abunda el silencio, la apatía institucional: “al menos es mejor que nada”; la incomodidad hacia los nombres colgados en el lazo de la vergüenza, la incredulidad hacia los testimonios, en fin, no hay más que insensibilidad “oficial”.
No puedo decir que comprendo la situación que las mujeres viven día a día, mucho menos puedo si quiera insinuar que lo entiendo; lo único que sé, que estoy completamente seguro dentro de mi pecho, es que en mi mente cabe mucho más intención de contribuir al progreso, que ocho intransigentes minutos.




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